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Catolicismo y morfologías morales

Las morfologías morales, que a la vez son sociales y culturales, abarcan a las sociedades políticas determinadas, y moldeadas, desde las religiones terciarias. Es decir, que hablamos del influjo histórico de las religiones. A ejemplos nos remitimos, de modo que es imposible entender este transcurrir sin el edicto de Milán, el hostis islámico, sin el Papado o sin las Cruzadas organizadas con miras a Oriente Medio. En este sentido, la historia desde las morfologías geopolíticas (izquierda-derecha, democracia de mercado pletórico, socialismo, etcétera) es relativamente reciente frente a la historia del monoteísmo, de las religiones estrictamente teológicas.


Por supuesto que hacemos referencia, o al menos un claro hincapié, a las religiones terciarias, superiores, o teológicas, tal como lo son el cristianismo, islamismo, judaísmo o el budismo —las entrañadas de la crítica al antropomorfismo y al zoomorfismo— y que, históricamente, marcan las particularidades de regiones en específico y de masas continentales. Según este orden de ideas, en lo fundamental se trata de organizaciones sociales totalizadoras en las cuales el componente religioso ha sido reducido a teología y moral. Ahora bien, las religiones anteriormente mencionadas desde el punto de vista etic —encarnados en determinadas sociedades— no sólo comprenderían los elementos religioso-teológicos sino también instituciones culturales resultantes de «herencias históricas», costumbres o idiomas, entre otros elementos. (Bueno, 1996, pp. 277-280; Bueno, 2000, pp. 425-427).


Estas morfologías no distan, digamos, de la dinámica o dialéctica de Estados como motor. En el sentido de que la lucha por la reordenación del espacio —nomos— por medio del Derecho de gentes, antes las Cruzadas por las que clamaba el Papa en defensa de la Cristiandad, el ortograma imperialista de los Reyes católicos y, por ejemplo, otros fenómenos como el cesaropapismo y la Reforma no rompen con el concepto de lo político. Lo político, en este contexto, es la inclusión de la religión dentro de la órbita del Estado, de lo estatal. Por tanto, el programa de los Estados —monarquías, principados, ducados y demás en el Medioevo— versaba sobre la influencia cada vez más determinante del cristianismo, así como su rival islámico, al punto de que la religión cristiana es, pues, parte de la esfera política.


Apegándonos a Schmitt (2009) podríamos decir que surgen , en respuesta a despolitizaciones como bien puede ser la religión, Estados interesados en todo dominio de lo real con total disposición a abarcar todos esos ámbitos. (p. 53).


Un hito histórico que entra a colación con la figura de las morfologías morales según el materialismo filosófico es el surgimiento de la Reforma, y la progresiva aceptación pecaminosa de la usura a pesar de la negativa de Lutero. Pero, por ejemplo, vemos que el protestantismo tiene un papel clave en la legitimación de la usura. El interés, ya nos advertían, era el verdadero fruto del capital, donde se consuma la figura fetichista del capital y la idea del fetiche capitalista, el Moloch. (Marx & Scaron, 2009, pp. 500-507).


Pero, en efecto, el catolicismo y el protestantismo conforman una morfología cristiana occidental que, sin embargo, no demuestra ser monolítica como no es monolítico el islam y como, sin duda alguna, es el Medio Oriente una región que sigue escindiéndose, incluso geopolíticamente, entre chiítas y sunitas. De esta manera, podemos ver como Irán es un potencial agente político de gran envergadura donde prima el islamismo chiíta mientras que sus principales enemigos religiosos, tanto en sentido moral como geopolítico, son Arabia Saudita e Israel. El conservadurismo wahabita es, justamente, el ariete de asedio que los británicos usaron contra los otomanos.


Estas morfologías, y su propio quebrantamiento, pueden explicar —en cierta medida, pues no totalmente— las diferencias entre la política colonial anglosajona, neerlandesa frente a la hispánica, la diferencia entre sus programas y el desarrollo, más temprano, del capitalismo en los primeros. Marx, cuyo análisis materialista no rompe con esta lógica de las morfologías morales, reconoce una tendencia a la luteranización que es, más bien, la extensión del capital.


Es legítimo declarar que las morfologías morales, que ya no están revestidas de simples elementos de salvación sino de moral y cultura, pueden haber declinado en diferentes elementos respecto a las visiones, o morfologías, de orden geopolítico pero, no obstante, es de gran interés declarar como el panarabismo y el socialismo árabe fracasan en el Medio Oriente y como la alternativa, al sol de hoy, parece ser la primacía del Islam y como posiciones relativas a la comunidad islámica —la umma— recobran popularidad entre los árabes y los islámicos. La secularización de Medio Oriente, en teoría, fue el fracaso de los socialistas árabes porque incluso, a diferencia del catolicismo, veríamos un característico irracionalismo de principios revelados y un dogmatismo sin precedentes. Por esta razón, y sin que quede duda de ello, el islam fue el arma de agentes como el Reino Unido o los Estados Unidos contra los Estados panarabistas, la Unión Soviética e incluso con los propios otomanos que, con una institución que recaía en el Sultán, se centralizaba el islam de una forma, al menos, más tolerante y menos barbárica que la practicada por los beduinos.


China, por otro lado, seguiría siendo un amplio ejemplo de una morfología moral acentuada. China es, por tanto, una sociedad budista. La filosofía occidental a duras penas penetra en China y su sincretismo, que es más bien acumular fraseología marxista, se ve en la ideología confuciana que practica el Partido comunista. China sería, pues, en lo político una izquierda no-alineada aunque no por ello indefinida, pues representa una generación de izquierdas por influjo, indudablemente, de su propia cultura.


¿Y respecto a nosotros los católicos? O más concretamente los católicos hispánicos, quienes fuimos engendrados por un ortograma imperialista constante, cuyos fechos llevaron a una misión civilizadora que pudo aglutinar a pueblos de Asia y América. El catolicismo, que en gran medida se ha secularizado institucionalmente, se manifiesta en costumbres, en moral y en la fisonomía de los hispanos. El catolicismo, en todo caso, no sería reivindicar el papel de Dios, ni la salvación, ni la expiación de los pecados. Según Bueno (2000) el catolicismo, siguiendo con este orden, vendría a ser una religión civil o ceremonial en estas coordenadas acercándose a la posición de Marco Terencio Varrón, quien sin embargo parece relegar la religión a un fenómeno estrictamente político. (p. 429).


Aún cuando el agnosticismo, o el propio ateísmo, adquieren importancia; es imposible que estos se desprendan, por lógica, del catolicismo. De su herencia, de su papel histórico. Téngase en cuenta que incluso el ateo, por esta fuente morfológica que ya hemos mencionado hasta el hartazgo, no está exento de los resultados de cientos de años de historia. España, como lo es la América hispana, es un pueblo católico. Y uno de los tópicos que puede garantizar su unidad, ahora o en el futuro, no es solo la comunidad de idioma, o el pasado imperial, sino el propio catolicismo que ya se haya sincretizado de una forma u otra.


Habrá que tener en cuenta que un ateo católico no es lo mismo que un ateo musulmán o que un ateo budista. El ateo católico español, incluso en los casos de anticlericalismo más radical, sigue moldeado, en negativo, por el catolicismo [...] Así también un católico «trasplantado al ateísmo» conserva siempre el acento católico, incluso en sus negaciones, y por ello no se confunde con el ateo que conserva el acento musulmán, o con el ateo que conserva el acento protestante, o con el ateo que conserva el acento budista. El catolicismo, junto con sus ramificaciones no estrictamente religiosas, sino éticas, o morales, o estéticas, tiene por tanto muy buenos apoyos para ser considerado un rasgo identitario de la cultura española, si no ya en el sentido de la participación positiva, sí en el sentido de la contraposición (con todos sus matices y grados). Por descontado, este rasgo del catolicismo está difundido por todas las autonomías españolas; incluso muchas veces es más intenso en las autonomías más nacionalistas y secesionistas como Cataluña y el País Vasco. (Bueno, 2005, pp.197-198).


Las sociedades políticas no pueden desprenderse de estas morfologías que las moldean, aún apelando a la muerte natural de la religión en los términos de Engels, a la militancia atea como Bertrand Russell o por la kulturkampf bismarckiana. De tal manera que la fisonomía de sus sociedades puede irse tejiendo con las religiones terciarias y sus consecuencias, o resultados, han de notarse con el paso del tiempo. Pues incluso geopolíticamente cuesta desligarse de las religiones en las cosmovisiones de cada sociedad política, o en los enfrentamientos entre ellas. Lejos de esto, las ideas ilustradas o estrictamente políticas no pudieran entenderse sin categorías de origen teológico.


El peso del cristianismo, cual morfología, pero más concretamente el catolicismo hispánico sigue implicando un orden que pudiera, en el sentido geopolítico, garantizar la cohesión de las unidades políticas hispanoamericanas. En este sentido, las antiguas superestructuras como los Virreinatos o las Capitanías. Incluso en términos generales, el catolicismo representa todavía el racionalismo contra el irracionalismo islámico o protestante. Considerándolo como morfología y no como idea suprema de salvación, en tanto la idea de Occidente pudo seguir su curso dentro del seno del catolicismo y la escolástica.


Bibliografía:

  • Bueno, G. (1996). El animal divino. Oviedo: Pentalfa.

  • Bueno, G. (2000). España frente a Europa. Barcelona: Alba Editorial, S.L.

  • Bueno, G. (2005). España no es un mito. Claves para una defensa razonada. Madrid: Temas de Hoy.

  • Bueno, G. (1991). Primer ensayo sobre las categorías de las ‘ciencias políticas’. Logroño: Ed. Biblioteca Riojana, nº 1. Cultural Rioja.

  • Marx, K., & Scaron, P (ed.). (2009). El Capital III, vol. 6. Madrid: Siglo Veintiuno Editores de España, S.A.

  • Schmitt, C. (2009). El concepto de lo político. Madrid: Alianza Editorial.

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