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Esquemas para un análisis de la caída del Imperio español (2)

Luis Carlos Martín Jiménez

El Catoblepas



(II). La independencia como consecuencia de las contradicciones entre los cuatro modelos de unidad: desarrollo secuencial de la pluriarquía

1. Estado de la cuestión antes de 1808: involucración entre proyectos franceses (U0) y borbónicos (U1). La salida plurireynal (U3) fallida

El problema de la involucración de las dos primeras formas de unidad se veía en América como una amenaza mortal. Es decir, la idea de América como colonias no es un problema únicamente historiográfico sino interno a los acontecimientos, pues los cuatro modelos que hemos expuesto a lo largo de este ensayo no son “mentales” o “ideas tipo” (como supone el modelo III) sino reales y defendidos in media res.

Pero como ya hemos dicho, la diferencia entre estos procesos y los del norte de América es diametralmente opuesto, pues frente a la Boston Tea Party y su reacción de cortar la presión de Londres, en Hispanoamérica es reacción por la unidad ante el vacío de poder (que entendemos como Pluriarquía), la “carencia” de Rey “legítimo” y frente a los enemigos de la Religión.

El problema de la equiparación con Norte-América, suponía que las provincias y virreynatos pasaban a ser consideradas o tratadas de hecho como colonias, lo que con la política de reformas borbónica (compañía guipuzcoana y demás) se acentúa. El cabildo de México en nombre de la Nueva España, al examinar el Consejo extraordinario de 1768 en que se percibía la pérdida de su individualidad, les lleva a recordar “que por estar siempre al amparo de la Corona, pidieron a Carlos V, que se sirviese incorporar este reino en su Corona real de Castilla, y S.M. vieron en ello y así lo juró, acatando la fidelidad de la Nueva España”, queja formal que presentan ante Carlos III y que remitieron a las otras ciudades. De igual modo que defendían su preferencia en la provisión de cargos como garantía de igualdad de derechos con otros miembros de la Corona.

Del mismo modo se levantan voces contra los ilustrados que veían a América como un continente de razas inferiores (Hume, Voltaire, Raynal, De Pauw, &c.…); el P. Juan de Velasco, quiteño y autor de la Historia del Reino de Quito reacciona atacando a “una moderna secta de filósofos anti americanistas”, como reaccionarán otros, el doctor José Eguiara y Eguren (Biblioteca mexicana), Moxí de Francolí (Cartas mexicanas de 1806) o el peruano Hipólito Unanue (Hipólito Unanue, José, Observaciones sobre el clima de Lima y su influencia en los seres organizados, en especial al hombre, Impr. Real de los Huérfanos, 1806). En este sentido el problema de la involucración entre borbones y bonapartistas (U0 y U1) ayuda al progresivo deslizamiento de la política de las provincias o reinos americanos hacia su consideración como colonias, al modo francés, inglés o portugués. Deslizamiento que aparece claramente en las reformas económicas borbónicas de la segunda mitad del siglo XVIII, todo lo necesarias que se quiera, pero que arrastran una idea inadecuada de América contra la que se lucha hasta el fin, siempre en virtud de la igualdad de derechos.

Que no eran colonias, ni el régimen económico de orden colonial, se testifica al constatar que permanecieran ligadas a la metrópoli vastísimos territorios, en largos periodos del siglo XVII, que no tuvieron más contacto con España que unas embarcaciones de tarde en tarde, incluso una vez que se hubo roto el monopolio, pues el navío de permiso desde la paz de Utrecht ampliaba el comercio a ingleses, franceses y holandeses; de igual modo se dirá: “resulta sorprendente que este Imperio debilitado… haya podido soportar una década de colapso en sus comunicaciones (1797-1808) y reaccionar luego en un movimiento de lealtad ante el anuncio de la catástrofe de España y resistir largo tiempo todavía a las solicitudes de los agentes provocadores de la Francia napoleónica”. El planteamiento colonial no cuenta con que su vínculo no era el comercio o el expolio (pues el montante económico generado en América en el siglo XVI era similar a las exportaciones ganaderas del reno de castilla), sino la fidelidad al Rey y el sentimiento religioso.

Es más, el comercio o monopolio ya en la segunda mitad del siglo XVI no era en dirección única a España, sino que mercaderes americanos como los del Perú tenían peso e importancia, enviando comisionados a Sevilla, o con el Reglamento del libre comercio, cuando se empieza a capitalizar beneficios desde América. Un estado de cosas que resume Chaunu: “se encuentra mucho más en manos de los ricos capitalistas criollos que en los comerciantes de la España europea”.

Igual ocurre en el desempeño de altos cargos, no sólo por el enraizamiento americano de altos funcionales españoles (los Montúfar o los O´Higgins) sino en cargos ejercidos por los americanos. Guillermo Lohmann (Los ministros de la Audiencia de Lima (1700-1821) cifra en 28 criollos como ministros de la Audiencia de Lima en el siglo XVIII, por encima de los españoles (siendo el oidor decano casi siempre limeño). De hecho, las instituciones de oidores, miembros de consulados, de universidades, de los beneficios eclesiásticos, &c., están nutridas de criollos, al igual que los cuerpos militares (pues entre otras cosas la ola migratoria es ya escasa), así, es paradójico que el ejercito patriota en el Perú, tenga más soldados y oficiales llegados de fuera –incluso europeos– que las unidades realistas.

El problema grave que suponía el cambio de estatuto jurídico les hacia moneda de cambio de cualquier tratado o pacto, como le ocurrió a la cesión de Santo Domingo a los franceses o la Luisiana a Napoleón. Que se percibe como un problema real se pone de manifiesto cuando en la Junta Central suprema de Aranjuez (26 de octubre de 1808), hablan de “las relaciones con nuestras colonias estrechadas más fraternalmente, y por consiguiente, más útiles”, y así lo expresa el “Memorial de Agravios del Cabildo de Santa fe de Bogotá, noviembre de 1809” que gira en torno al tema de la igualdad de derechos en todos los reinos de España, pues sintieron “profundamente en su alma que, cuando se asociaban en la representación nacional los diputados de todas las provincias de España, no se hiciese la menor mención, ni se tuvieran presentes para nada los vastos dominios que componen el Imperio de Fernando en América, y que tan constantes, tan seguras pruebas de lealtad y patriotismo acababan de dar en esta crisis”, agregando que “ni faltó quien desde entonces propusiera ya si sería conveniente hacer esta respetuosa insinuación a la soberanía, pidiendo no se defraudase a este Reino de concurrir por medio de sus representantes, como lo habían hecho las provincias de España”. Convirtiendo curiosamente al independentista en un retrógrado igualitario y al centralista (español) en un progresista colonialista y discriminador que por desconocimiento o mal criterio busca unir lazos y utilidad.

Pero es que la involucración entre los dos primeros modos de unidad tenía precedentes; es decir, la nueva dinastía de España (Napoleón-José I) se basó en una resolución del Monarca, igual que Felipe V por resolución testamentaria de Carlos II, lo que supondrá el inmovilismo de las autoridades (colaboracionistas); el argumento de los afrancesados venía a ser que si los Austrias traicionaron los intereses españoles en las guerras dinásticas europeas, abandonando América, cuando Carlos II designa a un Borbón y vuelve la prosperidad con Carlos III, sólo había que seguir esta vía con José I. Esta parece ser la tesis de Artola: “los Ilustrados de Carlos III se enrolaron bajo las banderas de José I”; pues “siguiendo a Carmelo Viñas y Mey (Viñas y Mey, Carmelo, Nuevos datos para la historia de los afrancesados, Bull, Hispanique, vol. XXVI), cifra las razones de los afrancesados en realizar reformas, mantener la paz, y evitar la desmembración de España y América” (Artola, M., Los afrancesados, Alianza Editorial, Madrid, 1989).

La posición monárquica española viene a justificar la cesión como el mal menor. Este es el argumento territorial de Fernando VII para no iniciar una guerra: “será no sólo inútil, sino funesto, pues sólo servirá para derramar ríos de sangre, asegurar la pérdida cuanto menos de una gran parte de sus provincias y de todas las colonias ultramarinas”, frases que si son dictadas por Napoleón sirven de chantaje para la aceptación de la renuncia.

Ante el entreguismo de las autoridades dogoystas empiezan una serie de motines. Su inicio está en Aranjuez bajo la idea expuesta el 29 de mayo por el obispo de Orense: la cesión de la Corona sin la intervención de las Cortes como órgano represenativo de la nación es un “acto inválido”, el mismo argumento que se manifiesta en los motines americanos.

Esta idea ni es legalista ni fingida (para hacer la guerra) sino común y sentida, así dice el primer artículo de la Junta de Asturias (de 25 de mayo), junta a la que podemos dar carácter político: “considerándose Asturias sin gobierno y en orfandad… (consideran que en ella) …reside la soberanía hasta que las circunstancias permitan poder reasumirla el legítimo monarca”, o la de Murcia “quedando el reino en orfandad y por consiguiente, recaída la soberanía en el pueblo, representado por los cuerpos municipales”. El problema de la legitimidad va unido al de la soberanía territorial (Ley 5, tít. 15, Partida II – el reino “no debía de enajenarse ni dividirse”), que van vinculados (conjugando el momento técnico y el nematológico) desde su primer momento con la civilización evangelizadora. Hacemos notar que la reasunción de la soberanía desde cada parte se hace en función del todo, de modo metafinito, como parte inseparable del resto.

Por ello las cesiones Godoystas son incomprensibles para los españoles americanos; por ejemplo las cesiones de Santo Domingo a Francia y la Trinidad a Inglaterra en 1795 o la Luisiana a Napoleón que la vende a los norteamericanos, o el tratado secreto de San Ildefonso con Portugal, o la propuesta de cesión de la Florida por Godoy (en tratos por la división de Portugal y la obtención de un estado propio), un tipo de política que se generaliza en la conversaciones de paz con Inglaterra de 1806 en el que intercambian territorios españoles; estos riesgos de transferencias territoriales serán uno de los fundamentos de las Juntas independentistas (prueba de la unidad que existía) según al inenajenabilidad del territorio en las Partidas, y para América en la Real Cédula de Carlos I que ya hemos citado (Barcelona 14 de septiembre de 1519). En 1795 se establece el libre comercio y en el tratado de San Lorenzo se le da a EE.UU. grandes ventajas y el Misisipi, en 1797 se autoriza el comercio con barcos bajo pabellón neutral (en realidad todos de EE.UU.).

El riesgo de ser “el pavo de la boda”, venía a ser lo que en 1810 le recordaba en carta Roscio a Bello, esto es, que tras tomar los franceses San Sebastián (en la Península) se cedió la mitad de Santo Domingo “y estas inauditas y escandalosas infracciones autorizan a los americanos contra quienes se cometieron..” con el Manifiesto que hace al mundo la confederación de Venezuela, el 30 de Julio de 1810, –proclamada ya la independencia–. O Miranda cuando en 1810 escribe a John Turnball que quiere salvar a su país pues “España quiere absolutamente entregarnos a Francia”, y en efecto desde 1804 (según La memoria de De Pons) Francia busca controlar los puertos americanos como única posibilidad de embargo a Inglaterra, para ello empieza por “eliminar las metrópolis”.

Pero es que los criollos temían la revolución venida de Francia, sobre todo después del precedente en 1791 de la parte francesa de la Isla de Santo Domingo con las matanzas de blancos, y la entrega a Francia con el tratado de Basilea en 1795 de la parte española, que será tomada por el negro Toissaint Louverture, tras lo cual huyen los españoles a Puerto Rico y Caracas (o Cuba), llevando la zozobra y la inquietud por donde pasan, éxodo masivo que extendió por todo el Caribe una impresión catastrófica junto a la psicosis por las ideas francesas (elementos vinculados a los principios revolucionarios (U0))

Y es que hay múltiples ejemplos de contagio: el levantamiento del zambo José Leonardo Chirino en 1795 en la serranía de Coso bajo la ley de los franceses; la conspiración de Gual y España de 1797 para la independencia e igualdad completa –conato de carácter democrático– a lo que se opusieron todos los futuros próceres patriotas de la Capitanía General de Caracas; en 1799 el levantamiento de negros en Maracaibo; en 1801 de pardos en Barcelona.

Miranda relata sus conversaciones con el ministro Pitt (1798) en el contexto de la guerra contra los franceses, coincidiendo en que la independencia evitaría el sistema francés: “muy bien, dixe, y es precisamente para evitar un contagio semejante, y precavernos con tiempo del influyo gálico, que hemos pensado en emanciparnos” (Ramos, citado en pág. 124, Relatos de Miranda en Archivo Miranda, t. XV, pág. 267), y esto es lo que comunicó –la amenaza de la anarquía– a Buenos Aires en 1808, para la independencia, y fue el motivo por el que se negaron, pero la amenaza inglesa de desembarco motivo la llegada de tropas francesas a Caracas en 1806, igual que los ataques a Buenos Aires que hicieron héroe a Linniers; así Caracas y la Plata es donde se producen los choques, donde el interés comercial (contrabando) es masivo, donde el interés francés e inglés es más intenso, donde se vive amenazados secularmente, allí donde las autoridades en deslegitimación continua se convierten en focos del independentismo (por ello, o se ponen adjetivos al independentismo señalando respecto de qué se pronuncian o se confunden todos los parámetros bajo el modelo III).

Si entendemos que las reformas Borbónicas (aplicadas en parte) son causa de levantamientos y del malestar general, también podemos entender la emancipación, al modo de Konetzke, como resistencia americana “a participar en la necesaria trasformación que sufre la Monarquía del antiguo régimen al constituirse en un moderno Estado Unitario”, enlazando con las reformas de “control” borbónicas, al que ya no seguimos en la idea de una teleología “necesaria” hacia la independencia; sin embargo hay que decir que no toda la política fue en ese sentido, pues ni las reformas de Carvajal y Lancaster, ni los de Aranda o Godoy son centralistas (al contrario que Campomanes y Moñino); pero es que las reformas centralistas fueron erróneas, es más, las reformas de Gálvez sobre control hacendístico, tributario y fiscal, o la introducción de la libre competencia, destruyo el equilibrio económico general del Imperio que aseguraba el Monopolio en relativo equilibrio en la época de los Austrias, con las exenciones y privilegios en función de los servicios desde Felipe III a Felipe V (en su mitad), con el “comercio ilícito” que era la auténtica política comercial propia, es decir, el de las relaciones interprovinciales (aislados de la Madre patria) a través de los centros de la economía virreinal. Se puede entender que las reformas socaba una política de interdependencia o compensación que trababa todo el Imperio (Ej. El azúcar de las Antillas, el cacao de Venezuela, los cueros de la Plata &c.), bien porque ofrecía garantías sobre sus mercados o bien porque fijaba los precios. Estas conexiones serán las que no se recuperaran jamás, por ejemplo con la autorización del libre cultivo se desajusta la estructura y provoca la consiguiente lucha por los mercados y el afán de autoabastecerse, la formación de pequeñas unidades económicas y la obligación de buscar el equilibrio con relaciones fuera del Imperio.

Así escribe Demetrio Ramos incidiendo en las “distintas direcciones de las reformas” tomadas por unos y otros como causas del drama posterior de la guerra: “esta coincidencia general en los deseos de reformas aunque en distinta dirección, de aquí el drama de las etapas posteriores– que intentan plasmarse tanto en las Cortes de Bayona como después se programan y establecen en el amplio despliegue de las gaditanas” (Ramos, D., Historia general de España y América, Ediciones Rialp, Tomo XIII, Madrid, 1992, pág. 129)

El 9 de agosto de 1809 en “las provincias que forman la Presidencia de Quito” se dice “ha creado otra (junta), igualmente suprema (como las que creen fenecidas en España), para que gobierne este rey, a nombre y como representante de nuestro legítimo soberano”, el cual, cuando recupere su libertad “le pondrán a sus soberanos fiel el reyno” (U3).

Pero la línea centralista sólo fluctuará con el nacimiento de los EE.UU. (en la que es determinante la ayuda española con los Gálvez -padre e hijo-), produciendo una fuerte impresión en Pedro Abarca de Bolea, Conde de Aranda y a José Moñino, Conde de Floridablanca, al primero de los cuales se atribuye la “Memoria secreta” de 1783 (después del tratado de París), donde se plantea que Carlos III quedara como Emperador (lo que identificamos como la Monarquía plural de los Austrias). Los candidatos a repartirse los reinos americanos eran Luis, Gabriel y Antonio. En el mismo sentido van los planes de Godoy (pues según Carlos IV era la misma proposición que la entregada a Carlos III veinte años antes, aunque modificada), proyectando la “independencia preparada” (anticipándose a la impulsiva); este último, acusado de seguir las tendencias federativas francesas (los estados satélite napoleónicos) pretendía formar un sistema, que en España se opusiera a Francia y en América a Inglaterra. Los planes de Carlos IV no salieron y América tuvo que defenderse de Napoleón primero y luego de la Santa Alianza (siempre Europa). Godoy ya pretendió dar a la Luisiana un gobierno propio (Memorias) para que pugnase con los pueblos de la Unión americana (con un infante de Castilla), aunque sobre 1800 la tachará de desvarío, culpando a Floridablanca.

El plan de Godoy era poner príncipes regentes por infantes y un senado mitad americanos y mitad españoles, soberanos en materia de justicia. Plan que retoma con los sucesos ingleses en Rio de la Plata y la intentona de Miranda. El problema parecía ser el riesgo de captura en alta mar de los infantes, necesitando la paz con los ingleses para poder llevarse a cabo. La carta consulta de Carlos IV (en correo secreto de puño y letra) copia de Vadillo y Torres Amat, dice expresamente tener voluntad de “establecer en diferentes puntos de ella (de la costa americana) a mis dos hijos menores y a mi hermano, a mi sobrino el infante Don Pedro y al Príncipe de la paz, en una soberanía feudal de la España, con títulos de Virreyes perpetuos y hereditarios en su línea directa”.

Godoy dirá que de los ocho prelados consultados la respuesta fue unánime a favor. Este plan fracasa en su oportunidad por las rápidas victorias de Napoleón sobre la cuarta coalición.

En 1807 ya Godoy integrando a los Virreinatos, establece la plataforma para la ejecución del proyecto en el tratado secreto de Fontainebleau (27 de octubre de 1807) hacia Portugal, que en el Art. 12 dice “S. M. el emperador de los franceses, Rey de Italia, se obliga a reconocer a S. M. Católica Rey de España como Emperador de las dos Américas, cuando todo esté preparado”.

Este pensamiento tradicional español, acorde con la idea de las patrias americanas e incluso con la de la necesaria independencia de las mismas llegado el momento oportuno, es diametralmente opuesta a la idea de tutelaje, como la formula en Valladolid Bartolomé de Carranza, famoso teólogo del Colegio de San Gregorio, en sus Relecciones de 1539 y 1540 –uno de los primeros en proclamar la necesidad de las futuras independencias-, cuando decía que una vez estuviere la tierra llana “es decir, desterrado el primitivismo, lo que llamaban “barbarie”– deberían ser dejados los americanos “en su primera y propia libertad, porque ya no necesitan tutor”; pero éstos como Motolinia, pensaban en los indios, y aquí los que deciden serán los propios españoles americanos. Los indios defenderán sus derechos defendiendo al rey.

Ahora bien, la guerra contra Napoleón y la vuelta al poder del unificacionista Floridablanca (U1) frenan el proceso.

Concluimos este apartado introductorio incidiendo en el papel principal que tiene América en los Planes Napoleónicos, pues el bloque de toda Europa contra Inglaterra (que había destruido la flota hispano-francesa en la batalla de Trafalgar de 1805) obligaba a ésta a mirar a América (obligando a Murat a unirla a la Metrópoli). Informes, planes, memoriales y tratados desde 1802 hablan de la importancia de América para Napoleón, que envía agentes de propaganda tele-dirigidos a todo el continente. También proyectaba una flota y fragatas hacia los territorios americanos creyendo que buscaban “librarse del yugo español”. El 7 de Junio de 1808 en Bayona se convocan cortes para la revolucionaria constitución (con 65 diputados de los 150 convocados) y cuyo título X estaba dedicado a América, teniendo representación en todos los órganos de gobierno (Cortes, Consejo de Estado, &c.). Es la estrategia que buscaba encapsular a Inglaterra como objetivo final, la guerra de España era sólo una fase, que consistía en “Eliminar las Metrópolis”; idea que ya había sido ensayada en Buenos Aires en 1806, cuando al tomar los ingleses la plaza, difunden el bulo de que los borbones han abdicado (Ferreiro, F., La disgregación de los reinos de Indias, Barreiro y Ramos, 1981)

2. Reacción de la época “asturiana” desde la idea de Monarquía plural-estatal (U3) contra bonapartistas (U0) y godoystas (U1)

Después del proceso de El Escorial (descubierto el complot fernandino) es arrestado el heredero de la Corona, así el motín de Aranjuez el 17 de mayo de 1808 aborta el viaje que Godoy tenía preparado (por lo que pudiera pasar), obligando a Carlos IV a abdicar, lo que encumbró la popularidad de Fernando VII. Pero lo más importante es que el motín de Aranjuez es un “modelo de imitación” para todo el que quiera luchar contra la entrega del país a Napoleón.

Peor se puso cuando en Bayona, Fernando VII tuvo que devolver la Corona a su padre y éste a José I (en los primeros días de mayo). Ahora bien, según las Leyes y la política tradicional, los reyes no podían hacer esto pues tienen la soberanía en depósito, y en caso de agotamiento dinástico debían devolverla al pueblo (U3), la nación, reunida en Cortes; parece ser según Godoy (Memorias) y el ministro Cevallos (Exposición), que Carlos IV pensó que resistirse y no ceder llevaría a la guerra civil (entre (U0) y (U1)), desuniendo España y América. Así Cevallos posiblemente siguiendo órdenes reales, desde Bayona, disponía la publicación de manifiestos “populares” de los derechos de los pueblos, lo que llevo a las “juntas”, aunque sólo con el fin de “disuadir” a Napoleón (otro molde para las juntas en América).

Será en paralelo a las fases que se suceden en España, como se producen en América “Motines de Aranjuez” americanos, o señalando a la estructura metafinita, “juntas asturianas” americanas (1808).

Desde este modelo no cabe interpretar los movimientos de protesta y las revueltas de los indios en el siglo XVIII como movimientos independentistas al suponer que las proclamas por el Rey eran una “mascara”, cuanto que en los alzamientos ya sin el rey se siguen dando; y es que Tomás Katari o Túpaca Amaru dijeron actuar en nombre del Rey, que diferenciaban bien de los españoles (gachupines) que los gobernaban, y soberano de quien emanaba la autoridad de los jefes indios. Castas y jerarquías que se mantuvieron los tres siglos.

François-Xavier Guerra dirá que “el unanimismo no es sólo retórico (contra Lynch) sino muy real, dicho en términos axiológicos: lo que expresan la mayoría no son opiniones, sino valores: fidelidad al rey, la exaltación de la patria, rechazo al usurpador, &c.”(François-Xavier Guerra, Voces del pueblo. Redes de comunicación y orígenes de la opinión en el mundo hispánico (1808-1814), Revista de indias, 2002, n° 225. pág. 359). Sin embargo en abril de 1810 con la invasión de Andalucía por los franceses, quedarán enfrentadas las autoridades de la Regencia (U1) y las Juntas (U2), entrando en una “guerra civil” (Ibídem, pág. 368)

Esta polémica se ve en la imprenta y la opinión pública, sólo en Cádiz se publican 18 títulos, pero el debate es constante y polemizan capitales insurgentes con capitales realistas: “Buenos Aires y Santiago de Chile con Lima; Bogotá y Caracas también con Lima y con México; y todos con Cádiz; más aún, todos –peninsulares y americanos, independentistas y partidarios de la unidad de la Monarquía– debaten también en Londres, donde se publica entonces “El Español” de Blanco White, cuya difusión en España y América es durante estos años enorme” (Ibídem, pág. 382)

Prueba de hermandad y solidaridad de toda la América hispana, es que veinte años después de haberse cedido la Luisiana, el 15 de mayo de 1821 la junta de Guayaquil envió a Bolívar el manifiesto en que dicen estar dispuestos a servir “a la Patria, que es una, desde el Cabo de Hornos hasta las orillas del Misissipi” (Historia general de España y América, Tomo XIII– Emancipación y nacionalidades americanas, Coord. Demetrio Ramos Pérez, Edic. Rialp, S. A., Madrid, 1992, 20 tomos, pág. 1). Así frente al pacto constitucional norteamericano, es la falta de gobierno lo que se manifiesta, no la lucha contra él, siendo el problema principal (principio de Royer-Collard: “la revolución no es más que la doctrina de la representación”), quiénes se constituyen en representantes, y de quién, si del rey (prisionero) o del pueblo. Así, tres años después de la abdicación se dice en el Artículo 1 de la constitución de Cundinamarca, en la capital, Bogotá, abril de 1811, que el pueblo de la provincia “ha reasumido su soberanía (…) lo mismo que todos los que son parte de la Monarquía española…” (U3). Problema que se ve en todos lados como propio, así en el acta de la federación de las Provincias Unidas de Nueva Granada se dice en su parte expositiva: “considerando la larga serie de sucesos ocurridos en la península de España,…desde su ocupación por las armas del emperador de los franceses…, las nuevas y varias formas de gobierno que e